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Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Mateo 5:3
También contó esta parábola sobre personas que confiaban en sí mismas, creyéndose justas, y que despreciaban a los demás:
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.
El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano;
Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que tengo.
Pero el publicano, estando lejos, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador!
Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
Lucas 18:9-14
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