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Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.
Psalmo 32:8
«Te instruiré y te enseñaré el camino que debes seguir». Es el Señor quien habla aquí, respondiendo a la oración del salmista. Nuestro Salvador es nuestro maestro. El propio Señor se digna enseñar a sus hijos a caminar por el camino de la integridad; su santa Palabra y las exhortaciones del Espíritu Santo guían la conducta cotidiana del creyente. No se nos perdona para que vivamos de ahora en adelante según nuestros propios deseos, sino para que seamos educados en la santidad y formados para la perfección. Una formación celestial es una de las bendiciones del pacto que la adopción nos sella: «Todos tus hijos serán instruidos por el Señor. » La enseñanza práctica es la mejor de las instrucciones, y tres veces dichosos son aquellos que, aunque nunca se hayan sentado a los pies de Gamaliel, aunque desconozcan a Aristóteles y la ética de las escuelas, han aprendido, no obstante, a seguir al Cordero allá donde vaya. «Te guiaré con mi mirada. » Al igual que los siervos siguen la mirada de su amo, y les basta con un movimiento de cabeza o un guiño, así deberíamos obedecer las más mínimas indicaciones de nuestro Maestro, sin necesidad de truenos que sacudan nuestra incorregible pereza, sino guiados por susurros y gestos de amor.
C. H. Spurgeon (1834-1892)
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